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Libros


"Lesbianas en clave caribeña". Yolanda Arroyo Pizarro. 2017
14
Ago

"Lesbianas en clave caribeña". Yolanda Arroyo Pizarro. 

Hace años ya que vengo nadando y buceando por las ricas aguas boricuas de la literatura de Puerto Rico, de la mano de Daniel Torres, Max Chárriez, Roberto Llanos, Luis Negrón, Eduardo Lalo, David Caleb Acevedo, Gina González, Alexis Pedraza, Charlie Vázquez, Julio A. Rosado... y no deja de sorprenderme la potencia y la barroca opulencia de las letras en un trozo de tierra "tan pequeño" al menos comparado con otras naciones o territorios.

Por Guillermo Arroniz López


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Es como si el calor y el dulzor de la isla dotase de impulso, energía y sabrosura la tinta de estos autores. Y aquí viene un ejemplo más que no es un ejemplo más sino que brilla con luz propia: los relatos (breves pero no micros) de Yolanda Arroyo tienen la belleza de la fuerza que baila un apretado ritmo con la expresividad directa y el embrujo de lo que no se dice (en trío poliamórico).

Ya el subtitulo del pequeño y exquisito libro nos dice mucho:

"Cuentos de marimachas, buchas y camioneras. Femmes, patas y cochaperas".

Por si la palabra "lesbianas" en la frase que titula la obra no fuera bastante directa, estos otros adjetivos calificativos remarcan la notable contundencia de la afirmación de la autora respecto a su obra: lésbica y caribeña. Y desde un punto de vista filológico y semántico el análisis del título y el subtítulo nos ponen en la pista del posicionamiento de Yolanda pero también nos sirven para analizar hasta qué punto el lenguaje está vivo y florece con mucha más fuerza de la que los diccionarios pueden recoger... o quieren recoger, ya que parecen esclavos de una pudibundez un tanto ridícula, que los vuelve no sólo antiguos sino enemigos de la vida misma y todo cuanto a sexo y placer se refiere.

De los adjetivos empleados por Arroyo sólo tres vienen recogidos en la RAE, y sus definiciones son cortas y/o pacatas. Así por ejemplo "marimacha" sólo viene recogida como variante de marimacho usada despectiva y coloquialmente en Cuba, Perú y Venezuela, y marimacho sólo como "mujer que en su corpulencia o acciones parece hombre". Sin embargo si analizamos "bucha" (la RAE sólo recoge buche/a como un asno) nos daremos cuenta de que la autora "españoliza" o "hispaniza" los términos pues entiendo que "bucha" es la versión de "butch", de la pareja femme/butch, algo que viene reforzado por la utilización del término "femme" en la segunda parte del subtítulo. "Pata", además, parece asimismo la feminización de "pato", que la RAE reconoce como "Ant., Nicaragua y Venezuela. Hombre afeminado". Por lo tanto sería "pata" la mujer masculina. De todo ello se podría inferir (algo siempre discutible dentro del floreciente y creativo campo semántico LGTBIQ) que los tres primeros adjetivos se refieren a las lesbianas que dentro de la pareja adoptan un rol más masculino y los tres segundos se usan para las que tienen uno más femenino.

En cualquier caso ya con estas tres líneas de la portada el lector tiene por delante el hermoso desafío de degustar las palabras y poder buscar su polisemia, encuadrándolas en su tiempo y en la geografía de donde proceden.

Los relatos son una acumulación de esos ricos desafíos que están ahí para quien desee asumirlos y explorar en la belleza del lenguaje y los mensajes de la autora, aunque por supuesto siempre cabe la primera lectura del contenido o historia en sí, suficientemente interesante como para derrotar a muchos libros que se publican hoy... desgraciadamente con excesivas pretensiones. En el caso que nos ocupa la calidad de los textos es sobresaliente y la escritora absolutamente insobornable.

Tanto es así que el libro arranca con una mujer que nos relata la violación que sufrió a manos de otra mujer. Lo más escalofriante es cuando se dice "[...] acto que, estoy segura, sería considerado por ella y -quién sabe- sus amigas como un gesto posesivamente romántico". Página 9.

Con este principio en el que se hace posible la violencia por parte de una mujer contra otra, y se pone el dedo en la llaga de una sociedad que puede considerarlo como un acto positivo, nos queda claro que la escritora no se vende a nada ni nadie y sus principios son sólidos como el acero inoxidable. Es decir, Yolanda Arroyo ha ido más allá de la siempre necesaria denuncia de las violaciones de las mujeres por sus maridos o parejas hombre: ella denuncia la violencia contra la mujer, venga de donde venga, sin excusas ni escudos ideológicos, y sin miedo a que alguna vertiente del feminismo pudiera criticarla por mover el objetivo de la "violencia machista". Con este relato la autora nos deja bien claro que la violencia en la pareja es inadmisible, la ejerza quien la ejerza.

El universo que se crea con estos cuentos, escritos con tanta inteligencia, es fundamentalmente femenino y lésbico... aunque haya tres o cuatro personajes masculinos con cierta relevancia, uno de los cuales era una especie de "mafioso con principios" (indemnizar a las viudas de los hombres que mató por error, no matar niños ni mujeres...) que contrae VIH y de quien se dice:

"Y aunque era un secreto a voces que además de tener cientos de mujeres también pagaba a travestís por ciertos tipos de favores o desahogo infrecuente, todo el mundo aclaraba que había adquirido el sida por mujeriego". Página 94.

Es decir que el machismo imperante tiene que esconder que el hombre al que muchos admiran tiene ciertos gustos sexuales o apetencias. Puede ser un asesino, un narcotraficante, un mujeriego... pero cuidado: ¡nada que ponga en tela de juicio su hombría heterosexual!.

El libro también contiene un cuento de ciencia ficción apocalíptica, un mundo en el que los hombres se ven afectados por un virus que va dando diversos colores a distintas partes de su cuerpo (una variedad propia de las auroras boreales). El virus acaba por afectar los genitales... y es altamente mortal. En estas circunstancias dos mujeres unen sus fuerzaspara salir adelante, con una explotación ganadera, y una de ellas siente algo más que una relación de amistad o necesidad. El cuento tiene su clímax cuando llega un personaje masculino que parece haber sobrevivido...

Es, sin embargo, el valor de describir la enfermedad y la decrepitud física, lo que más me ha impactado, dejando de lado el arranque de la obra con un cuento tan demoledor. Dos de los relatos son bellísimos en la manera en que describe el cuidado con el que las personas cuidan de aquellos que (sino lo son al menos) parecen terminales. Pero también son de una precisión genial a la hora de reflejar los procesos de dolor y decadencia. Y hoy, que la sociedad se entrega con pasión cegadora a la negación de la muerte y el dolor, el coraje de Yolanda Arroyo es escalofriante.

Por supuesto, "por supuestísimo", hay escenas de amor y sexo entre las mujeres que pueblan las cien páginas del libro. Escenas descritas con belleza poética, con desgarro, con placer, con detenimiento, con todo detalle de flujos, curvas, rincones cóncavos, lenguas sabias y labios que devoran... Y también en esto la Literatura demuestra que la calidad transforma lo que podría ser entendido por algunos como pornografía, en obra de arte emocionalmente humana.

Un pequeño gran (inmenso, gigantesco) libro.



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